LOS HIMALAYAS Y YO VULNERABLE

Después de casi 30 horas arriba de dos buses, finalmente atravesé una parte del Himalaya y llegué a Leh. Una pequeña ciudad/pueblo ubicada a 3.504 mts. de altura, de una belleza extraordinaria.

Debo reconocer que estos últimos días han sido bastante intensos/duros. Todo empezó un par de días después de la última foto que subí, donde todo era felicidad y calma en el centro de yoga iyengar en Dharamkot. Pero como la vida está construida en base a impermanencias (situaciones y cosas que no duran para siempre), me enfermé como no me había enfermado en años!! Escalofríos, fiebre, dolor y presión en la cabeza, pecho cerrado, dolor de garganta, me dolía el cuerpo completo. Todo esto pasaba en la madrugada en mi mini habitación arriba en la montaña. Y a falta de medicamentos para la fiebre intenté bajarla con paños y calcetines húmedos, fríos. Así resistí hasta la mañana siguiente. A penas salió el sol fui a tocar las puertas de mis dos amigos y compañeros de retiro, Chris, un alemán de 38 años y Harald, un noruego de 27. Los dos hermosas personas. Enseguida me fueron a comprar remedios, agua y electrolitos (estaba deshidratada). Se turnaron para cuidarme y traerme comida. Yo estaba tan sensible que lloraba por todo. Solo quería regresar a casa, estar con mi familia y quedarme ahí para siempre. Lloraba de emoción al ver a estos 2 “extraños” que había conocido hace 1 mes y medio preocuparse tanto por mi. Ahora eran mis mejores amigos, mi angelitos y prácticamente la única familia que tengo cerca. Lloraba de gratitud, de pena, de confusión, de cansancio, de estrés.. Además tenía la presión de recuperarme porque al día siguiente tenía que tomar el primer bus que me traería a Leh.

A la mañana siguiente amanecí mejor, fui a mi curso de yoga y me dejaron en posturas restaurativas por 3 horas, sin embargo mi sensibilidad corporal era tan grande que no logré descansar mucho. Pasé el día con mi “pandilla”, éramos los 3 para arriba y para abajo. Fuimos a cenar a un restaurante japonés para mi despedida y se nos sumó otra gran amiga, Alexia (mi roomate del retiro), una francesa de cuarentaitantos. ¡Otra hermosa mujer! Chris, mi amigo alemán se encargó de que no cargara nada en todo el día, mochileando descubrí que el peso en tu mochila puede ser tu peor pesadilla, estoy aprendiendo a viajar livianita, tal como uno debería viajar en la vida.. Livianitos, sin pesos, sin ataduras.

A las 21:30 horas me fueron a dejar en familia al bus y se encargaron de mi equipaje y de dejarme sentada en mi puesto, todavía seguía débil y con poca fuerza física. Los 3 esperaron en mi ventana hasta que el bus partió, nunca olvidaré ese momento. Me daban fuerzas, me lanzaban besos y abrazos hasta que desaparecí de sus vistas. ¡Qué afortunada soy! Me repetía mientras era imposible controlar las lágrimas que poco a poco fueron reemplazadas por el sueño.

Viajé 10 horas hasta mi primer destino, el comienzo de otro capítulo de este viaje, el comienzo de una nueva aventura. Llegué a las 7:30 am a Manali, una ciudad turística ubicada a las faldas de los Himalayas (parecida a Dharamkot). Allí tuve que esperar hasta la madrugada para tomar el minibus que me llevaría a mi destino final, Leh. Decidí compartir un cuarto con una chica de Irlanda para recuperarme y esperar que pasen las horas.

A la 1:30 am mi nueva amiga me despertó para dejar nuestro cuarto y caminar al punto de encuentro del minibus. Llovía a cántaros y yo le hablaba a mi cuerpo, dándole ánimo y pidiéndole ayuda para lograrlo juntos. Hace casi 2 meses que no lo alimento como está acostumbrado y lo he enfrentado a distintos tipos de “estrés”, así que entiendo perfecto por qué mi sistema inmune anda cabizbajo.

Finalmente el minibus llegó a las 2:30 am a una esquina desolada. Poco a poco fueron llegando los que serían mis compañeros de viaje: una pareja francesa, otra rusa, otra de Israel y dos indios, que junto con mi nueva amiga y yo sumamos 10 los integrantes de esa travesía. Nos esperaban entre 18 y 20 horas de camino.

En este momento, ya sentada en mi nueva mini habitación en Leh, es difícil recordar el viaje con claridad. Tal vez porque cruzamos por alturas superiores a los 5 mil metros, alturas en las que uno pierde noción y razón del tiempo. Debimos haber subido y bajado al menos unas 7 montañas gigantes, a una velocidad con la que era imposible dormir. El conductor parecía haber tenido pegado el zapato al acelerador. Pero al parecer el señor se conocía esa ruta de memoria y su destreza al volante era impresionante así que eso me aportaba tranquilidad.

Cruzamos por montañas de todos los colores y formas. Magentas, verdes, grises, negras, caquis, naranjas, moradas, rocosas, arenosas, puntiagudas, en capas, en forma de terrazas, montañas enteras formadas por pequeñas piedras. Los paisajes eran alucinantes, cambiaban a cada rato y la carretera no se quedaba atrás. Varios de los tramos eran súper angostos, al punto en que un auto tenía que retroceder buscando espacio para que el otro pasara bordeando acantilados gigantescos. En estos momentos todos los pasajeros nos mirábamos y no nos quedaba otra que sonreírnos y disfrutar de la situación, después de algunas horas viajando en esas condiciones te acostumbras y ya te da todo un poco lo mismo.

Con tanto tiempo y tanta majestuosidad alcanzas a pensar en todo lo que eliges pensar y en lo que no también. Paramos en distintos campamentos en la mitad de la nada para ir al baño y llenar el estómago. Yo no me despegué de mis frutas y mis frutos secos.

En las 18 horas de viaje, el intrépido conductor se debe haber fumado unos 15 cigarrillos, por lo bajo, y yo no paraba de preocuparme por su salud y por la mía! Sentí como mi recuperación estaba en juego, no solo por los cigarrillos, también por las bajísimas temperaturas por las que atravesamos y por llevar casi 3 días sin un buen descanso.

Entramos a Leh alrededor de las 20:30 hrs. Tuvimos una bienvenida fenomenal. El cielo, de color azul profundo se ennegrecía dando el día por terminado. Nos dejaron en el terminal de buses, decidimos compartir un taxi que nos acercara a la zona de los hostales, caminamos y caminamos buscando cuartos, tuve suerte al ser la primera en encontrar un cuarto en un “guest house” de una señora oriunda de Ladakh (región en el estado de Jammu y Cachemira en el noroeste de la india). Llegué con la última pila que me quedaba, la señora al verme débil me ofreció un té de menta y un plato de comida tibetano, “for free, don´t pay” me dijo. Le ordenó a otro huésped que me ayudara con mi mochila, cerré la puerta, me tendí sobre la cama y recién ahí me di cuenta que la fiebre había vuelto. Otra vez sentí que mi mundo se desplomaba. Me tomé mis remedios, apagué la luz y me acosté hecha un caracolito tiritando de escalofríos. Lo único que necesitaba era un abrazo, habría dado todo por poder acurrucarme en los brazos de alguien y que me dijera “todo está bien”. Me sentí sola, sola, sola. Mis lágrimas otra vez brotaron como cascada, les pedí a mis guías, a mis ángeles o a quien sea que esté allá al otro lado de esta dimensión que me abrazaran, que no me dejaran… y así me quedé dormida.

Hoy desperté pasadas las 11 am, con un sol intenso, un cielo celeste intenso y unas nubes blancas y esponjosas igual de intensas. Me costaba respirar pero la fiebre había desparecido así que contenta por eso. Abrí las cortinas de mi cuarto y el huerto colorido y orgánico de Yang Chan, la dueña de casa, me dio la bienvenida. Tomé una de las duchas más ricas que he tenido en este viaje, me puse guapa y salí a descubrir el pueblo. La energía que había acumulado me duró poquito así que me di media vuelta y volví a mi cuarto a descansar y a desahogarme a través de estas palabras.

Siempre me las he dado de “superwoman”, desde pequeña que he sido bien independiente, suelo no pedir favores y me acostumbré a solucionar todos mis problemas sin mucha ayuda, incluso solucionar los problemas de otros se convirtió en un hábito para mi. Hace ya algún tiempo me di cuenta de que esta tendencia me tenía agotada, me chupaba gran parte de mi energía. Identifiqué que era un problema el no mostrarme vulnerable, no con el mundo, sino conmigo misma. Nunca me permití sentirme débil y sabía que este viaje me expondría a situaciones de vulnerabilidad extremas.

Y aquí estoy, aprendiendo. Porque eso de aprender nunca acaba.

Hace falta de vez en cuando sentirse nada y poco, como una hormiguita en un planeta de gigantes. Tratando de pasar el día, intentando no ahogarme en el pantano de mis pensamientos negativos que aprovechan mi debilidad para bombardear mi mente y hacerle creer a mi ego que todo esta mal, que todo es un desastre y que la vida ya no sirve.

Pero la vida es eso. Eso que fluye a través de nosotros sin darnos cuenta. La vida no hace diferencia entre “lo bueno” o “lo malo”. Solo es.

“Estás exactamente donde tienes que estar y sintiendo exactamente lo que tienes que sentir”. “Solo observa como la vida se expresa a través tuyo”. “Confía en ti”. Estas fueron las palabras de auxilio de una gran amiga a través de whatsapp. Amigas medicina. De esos ángeles que la vida me regaló para hacer más lindo este camino. De esas amigas a las que uno ama con todo.

Reaccioné de inmediato, iba en picada a un hoyo negro sin salida y una mano amiga me sacó de las mechas para arriba. Miré para atrás estos dos meses de viaje y claro, no solo los momentos buenos te hacen sentir viva, también los malos. ¡Uf y qué viva! Además, cuanta belleza hay en esos momentos. Incluso pueden llegar a contener más belleza que los buenos porque están cargados de transformación y de aprendizajes.

Vi esta amargura como una oportunidad para aplicar las herramientas que he ido “ganando” en este juego de la vida. Me senté a meditar. Cerré los ojos y me concentré en mi respiración. Inmediatamente las lágrimas aparecieron de nuevo. Es impresionante la capacidad que tenemos de producir lágrimas! Cuando cierras los ojos en plena consciencia y te sientas solo contigo no hay forma de escapar de ti. Enfrenté lo que sentía: el cansancio, el miedo, la soledad, la tristeza, la melancolía, las ganas de dejarlo todo y volver corriendo.

Estuve un buen rato dedicándole un espacio a esas emociones. Que se acomoden, que salgan. Siempre reprimimos nuestras emociones y ellas luego se convierten en escaras, unas más profundas que otras. Y cuando son muchos años de emociones acumuladas y reprimidas, las escaras se toman nuestro cuerpo, como telas de araña esparcidas por todos los rincones.

Estuve un buen rato observando como la vida fluye a través de mi. Solo sintiendo, no juzgando. Encontré un poco más de calma. Y me di cuenta de que idealizamos la felicidad. Buscamos que los buenos momentos duren para siempre y le huimos a los malos. Nadie quiere un mal momento, y es natural. Sin embargo, la vida se construye de todo, de buenos y de malos, de momentos magníficos y de momentos terribles. Hay momentos para todo y no hay nada que podamos hacer para evitarlos. Hay ocasiones en las que solo podemos dejarlos pasar, porque todo pasa. Y actuar como vehículo. O podemos mirarlos desde afuera y cambiar nuestra actitud hacia ellos y así transformar lo que sentimos. Transmutar. Pero nunca bloquear. Y nunca olvidar ser absolutamente sinceros con nosotros mismos.

Me despido desde Leh, hasta la próxima.

MJ

¡Aquí les dejo algunas fotos de la travesía!

IMG_4427Con mis amigos Harald, Chris y Alexia horas antes de tomar el primer bus.

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